Tengo miedo
Relato enviado por Manuel Campos del Olmo

“TENGO MIEDO”
Una niña asustada…


La tenue y débil luz que la luna proyectaba sobre la habitación, se fundía en el plácido rostro de Alicia. Sus ojos cerrados impedían ver ese color azul que tanto gustaba.
La oscuridad la envolvía como el envoltorio a un caramelo. Las sombras se juntaban entre si por la habitación oscura, donde tan solo las cortinas se movían por el débil aire que soplaba en el exterior. La puerta entornada tenía su propia sombra en el suelo marrón de la habitación.
En la inercia de la noche, con el tono misterioso de la misma, el timbre despertó a Alicia. Abrió sus dulces ojos perezosamente, y tras un bostezo, se incorporó en la cama para ponerse las zapatillas. El timbre volvió a sonar.
Alicia miró el despertador que estaba al lado de la foto donde salía con su padre.
-Ya va-dijo en un susurro.
Con paso lento y decidido se acercó con su camisón rosa hasta la puerta principal. Miró por la mirilla y un escalofrío recorrió su cuerpo. Tan solo la oscuridad de la calle y un alto manzanar cuyas ramas marrones se movían por el viento que azotaba la ciudad, se reflejaba en el minúsculo agujero de cristal.
No había nadie hay afuera. ¿Quién había llamado a la puerta?
Se dio media vuelta y se dirigió refunfuñando hacia su cama, cuando de nuevo, el chirriante sonido del timbre penetró en sus oídos. Esta vez el escalofrío fue más intenso, esta vez sintió el verdadero miedo correr en su interior.
Se dirigió de nuevo hacia la puerta y dijo alzando una voz temblorosa:
-¿Quién es?
Tan solo la oscuridad era más fuerte que el silencio…
Miró de nuevo por la mirilla. Sintió como el miedo se deslizaba suavemente por su columna vertebral hasta que al final envolvió todo su cuerpo e hizo que el pulso se acelerara, que la sangre se helara, que su mano temblara, que su mirada se nublase…
Una susurrante y aterrada voz repitió, reflejando una espantosa sensación de miedo:
-¿Quién es?
El silencio seguía ciñendo la noche negra…como la muerte.
Sus oscuros ojos derramaron una lágrima.
Tras la puerta había alguien. De eso, Alicia, estaba segura.
Acercó la mano al manillar de la puerta, cerrando fuertemente la otra mano para intentar evitar que el miedo se hiciese con el control de su cuerpo. Giró el manillar. Después, deslizó su mano hacia la cadena de la puerta y suavemente, con el temblor que la desesperaba, la quitó.
Con los ojos abiertos como platos, con la tensión por las nubes, con la boca seca y con el miedo apretándola por dentro, abrió la puerta.
El suave aire se empotró en su cara. Ante ella, una niña de pequeña estatura se cubría su piel desnuda con una fina sábana blanca manchada de sangre. La niña, rubia y con unos extraños y grandes ojos azules, estaba quieta, inmóvil, petrificada ante Alicia, con la mirada perdida. Sus rubios cabellos la rozaban los hombros.
Estaba completamente desnuda. Tan solo se cubría con una sábana blanca empapada de sangre. La niña no tenía ninguna herida ni sangraba por ningún lado.
Alicia, casi más quieta que la niña, dio un paso hacia ella intentando recuperar la noción de su cuerpo. Parpadeó varias veces y se puso de cunclillas para mirar sus dulces ojos (poniéndose en su misma estatura) de niña asustada. Una niña con aspecto tenebroso. Alicia, posó la mano en su hombro y susurró sin apartar la mirada de sus ojos:
-¿Quién eres?
La luna iluminaba la cara de la niña forjando en su mirada un tono de misterio y ansiedad.
La chica movió los labios para decir:
-Tengo miedo. –Tengo mucho miedo.
Tras un angustioso instante de afonía, Alicia y la niña entraron en la casa.

El timbre volvió a despertar a Alicia. Miró el despertador y se levantó rápidamente de la cama. Era la una de la tarde. Salió a abrir la puerta. El rostro de Amanda, su amiga de la universidad, apareció ante ella.
-Buenos días, bella durmiente-dijo Amanda sonriente.
-No he pegado ojo-contestó Alicia. –No te imaginas lo que pasó anoche.
Alicia se dirigió al cuarto de baño. Abrió el grifo del lavabo para empaparse la cara cuando de pronto el espeluznante grito de su amiga creó en ella un escalofrío. Salió corriendo con dirección al comedor para comprobar que había pasado.
Amanda, con los ojos como platos, miraba atónita la figura de la niña.
-De esto quería hablarte-dijo Alicia. –Anoche esta niña se presentó en mi puerta. –Estaba desnuda, solo se cubría con una sábana que estaba manchada de sangre.
-Me dio tanta pena que la dejé dormir en casa.-No se que hacer con ella, no dice quién es, ni donde vive. –Solo dice que…tiene miedo.
-Pues deberías llamar a la policía. –Pueden acusarte de secuestro, Alicia.
La niña giró la cabeza y miró a Alicia. Su rostro daba tanto miedo…
¿Quién era esa niña? ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Qué quería de Alicia?


-Se me ha olvidado el bolso en tu casa-dijo Amanda ceñuda. Tras un suspiro, Alicia le dio las llaves a Amanda.
-Date prisa, que el cine no va estar abierto para nosotras. –Además Luis y Juan ya deben estar preocupados.
Alicia miró a su alrededor. En el bullicio de gente que iba de un lado para otro, en el bullicio de coches que andaban sin destino, al fondo, casi en el horizonte, un hombre encapuchado observaba atento a Alicia. Sus macabros pensamientos solo podían compararse con lo que estaba apunto de suceder…
Alicia llamó al timbre de su casa.
-¡Amanda!-gritó – ¡No creo que para coger un bolso haga falta media hora!
Silencio.
Alicia volvió a llamar a la puerta. Siguió insistiendo pero tan solo el silencio era su respuesta.
Dentro no se escuchaba nada. Ningún ruido. Solo silencio.
Acercó la llave a la cerradura de la puerta. La giró. Con un chirrido espeluznante la puerta la dejó ver el desfigurado cadáver de Amanda. Tenía un profundo corte en el cuello, por el que brotaba sangre sin parar, dejando un charco alrededor de la cabeza. Al lado del cadáver había un cuchillo.
Alicia gritó desesperadamente y se llevó la mano a la boca, para evitar devolver.
Pudo comprobar como detrás del cadáver, la niña, tapada con la sábana, susurraba mirándola a los ojos:
-Tengo miedo. –Tengo mucho miedo.


-Alicia Robles González-dijo el policía asomándose a la salita.
Juan se levantó y la dio un profundo abrazo.
-No se que hacer-dijo ella entre lágrimas.
Con una mirada afligida entró en el despacho del policía.
No era muy grande pero estaba decorado con grandes cuadros.
Se sentó en frente del escritorio del policía, en un sillón de tela marrón. Mientras él tecleaba las teclas del ordenador pensó en la niña. Sus oscuros ojos seguían causándola escalofríos.
-Bien-dijo el policía, dejando de teclear y dedicándole a Alicia una seria mirada.
-Dice usted que anoche, la niña con la que ha venido, apareció en su casa por arte de magia, ¿verdad?
-No, no es así. –Ya se lo dije al otro policía. –Estaba durmiendo cuando ella llamó al timbre. –La pregunté que quién era pero no contestaba, solo dice que tiene mucho miedo. –Luego la dejé pasar y la intenté dar ropa limpia, pero solo quería cubrirse con la sábana.
-¿Y el cadáver de su amiga? ¿Piensa que lo hizo la niña?
-Yo no pienso que lo haya hecho la niña-contestó
-Por supuesto que no puede pensar eso-interrumpió el policía- por que… ¿fue usted quién asesinó a su amiga?
-¿Cómo?
-Lo que oye. –Tenemos un testigo, señorita.
El policía, por el teléfono, le pidió a la secretaria que el testigo pasase.
Un hombre encapuchado, con una capa negra que le cubría prácticamente todo el cuerpo, entró en el despacho.
-Acaba de declarar, señorita, y nos ha contado todo lo contrario a lo que usted ha declarado.
-Pero es imposible-contestó Alicia. –Yo a este hombre no le conozco de nada.
-Soy el padre-dijo el hombre con una agria y fuerte voz. -Tiene a mi hija.
-No puede ser-susurró Alicia.
-Pues si, señorita, este caballero que ve usted-dijo el policía- es el padre de la niña que dice usted que llamó a su casa.
-Ella la raptó-dijo el hombre. –Me arrebató a mi hija.
-¡Eso es mentira!-gritó Alicia alterada.
-¡Que él diga que es su padre no quiere decir que lo sea!!-gritó de nuevo.
-Además tenemos una prueba en su contra, señorita. –Deje de hacerse la víctima por que el cuchillo que encontramos al lado del cadáver de su amiga, tiene sus huellas.
-No puede ser, tiene que haber un error-dijo entre lágrimas.
-No tengo nada más que hablar con usted.-Por ahora es la principal sospechosa. –Va a pasar a disposición judicial y la niña se irá con su padre.
-¿Cómo sabe usted que la niña es hija de ese hombre?-Gritó Alicia mientras dos policías la sujetaban para ponerla las esposas.
-Ese no es su problema.
Alicia, llorando, pudo ver la malévola sonrisa de aquel hombre encapuchado, mientras los dos policías se la llevaban directa al calabozo.


Nunca había estado entre rejas. Su cárcel, parecía un cuarto de ratas. Tan solo tenía una cama y un lavabo. Ni siquiera tenía ventanas, redondas y verjadas como en las películas.
Se acostó en la cama bajo el sonido de los muelles.
Con lágrimas en los ojos pensó en lo sucedido. ¿Por qué estaban sus huellas en el cuchillo? ¿Había sido la niña quién asesinó a su amiga? Tantas preguntas…
La vida de Alicia siempre había sido una vida solitaria…desde aquel accidente de coche. Sus padres murieron en ese accidente. Ella sola salió adelante…
De pronto cayó en la conclusión de que las huellas estaban en el cuchillo puesto que aquel cuchillo era suyo, y por supuesto, lo había utilizado. ¿Qué se proponía aquel hombre encapuchado? ¿Era en realidad el padre de la niña? ¿Quién mató a Amanda? ¿La niña? ¿O el padre?
Alicia intentó despejarse la cabeza pero era inútil. No encontraba ninguna explicación. El por qué no aparecía… ¿Hasta cuando iba a estar en aquel calabozo?
Intentando disuadirse de tantas preguntas, cerró los ojos y todo se volvió negro.


Despertó en su casa. ¿Qué estaba haciendo allí? Miró a su alrededor. Todo estaba normal. ¿Pero que hacía ahí? Se levantó de la cama. Se dirigió al salón y gritó lo más fuerte que pudo. La niña la miraba con los ojos abiertos como platos, dedicándola una mirada espectral. Dio un paso hacia Alicia. Otro.
-¿Tu padre es ese hombre? ¿El de negro? –Dímelo por favor. –Habla.
-Si-contestó dando otro paso en frente. La niña empezó a llorar.
-Pero yo no quiero que sea mi papá. –Es un señor malo. –El mató a mi mamá cuando estaban durmiendo. –Y me dio mucho miedo. –Tengo mucho miedo.
Alicia se dirigió a su habitación, y se quedó mirando la foto donde salía con su padre. La foto de al lado del despertador. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos al comprobar que el hombre que había declarado contra ella, salía en esa foto, pero sin la capucha negra. Rompió en cristal y miró por detrás de la foto. La dedicatoria firmada por él se veía perfectamente.
-¡Tú eres yo!- gritó Alicia desde la habitación. – ¡Tú eres yo de pequeña!
-Mi padre mató a mi madre, y me quería matar a mí. –Yo salí de la ducha y cogí la manta que cubría el cadáver de mi madre. –Salí de allí y corrí lejos de él. –Llamé a la puerta de una casa. –Tenía miedo, tenía mucho miedo. –Mi padre me encontró y mató a la chica que encontró en esa casa, conmigo. –Pero ella no era la dueña de la casa. –Ella no era quién me abrió la puerta. –Volví con mi padre y al cabo de los años sufrimos un accidente. –Él murió. – ¿Yo quedé amnésica?
Se limpió las lágrimas con la manga de la chaqueta y salió al comedor. La niña había desaparecido.
El timbre volvió a sonar. Juan, Luis y Amanda entraron en casa.
-Vamos a llegar tarde al cine-dijo Luis.
-Todo está en mi cabeza-susurró Alicia. –Todo estaba en mi mente. –Tenía que recordarlo todo.
-¿Decías algo?-preguntó Amanda.
-No. –Nada. Cojo el bolso y nos vamos.
-¡Alicia!-gritó Juan. -¿De quién es la capa negra que guardas en el armario?
-La capa negra-contestó- solo es un recuerdo de familia.
-Vamos, Alicia-dijo Luis. – ¡No creo que para coger un bolso haga falta media hora!

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El timbre volvió a despertar a Alicia. Miró el despertador y se levantó rápidamente de la cama. Era la una de la tarde. Salió a abrir la puerta. El rostro de Amanda, su amiga de la universidad, apareció ante ella.
-Buenos días, bella durmiente-dijo Amanda sonriente.
-No he pegado ojo-contestó Alicia. –Si te imaginas lo que he soñado…