“TENGO MIEDO”
Una niña asustada…
La tenue y débil luz que la luna proyectaba sobre la habitación,
se fundía en el plácido rostro de Alicia. Sus ojos cerrados
impedían ver ese color azul que tanto gustaba.
La oscuridad la envolvía como el envoltorio a un caramelo. Las
sombras se juntaban entre si por la habitación oscura, donde
tan solo las cortinas se movían por el débil aire que
soplaba en el exterior. La puerta entornada tenía su propia sombra
en el suelo marrón de la habitación.
En la inercia de la noche, con el tono misterioso de la misma, el timbre
despertó a Alicia. Abrió sus dulces ojos perezosamente,
y tras un bostezo, se incorporó en la cama para ponerse las zapatillas.
El timbre volvió a sonar.
Alicia miró el despertador que estaba al lado de la foto donde
salía con su padre.
-Ya va-dijo en un susurro.
Con paso lento y decidido se acercó con su camisón rosa
hasta la puerta principal. Miró por la mirilla y un escalofrío
recorrió su cuerpo. Tan solo la oscuridad de la calle y un alto
manzanar cuyas ramas marrones se movían por el viento que azotaba
la ciudad, se reflejaba en el minúsculo agujero de cristal.
No había nadie hay afuera. ¿Quién había
llamado a la puerta?
Se dio media vuelta y se dirigió refunfuñando hacia su
cama, cuando de nuevo, el chirriante sonido del timbre penetró
en sus oídos. Esta vez el escalofrío fue más intenso,
esta vez sintió el verdadero miedo correr en su interior.
Se dirigió de nuevo hacia la puerta y dijo alzando una voz temblorosa:
-¿Quién es?
Tan solo la oscuridad era más fuerte que el silencio…
Miró de nuevo por la mirilla. Sintió como el miedo se
deslizaba suavemente por su columna vertebral hasta que al final envolvió
todo su cuerpo e hizo que el pulso se acelerara, que la sangre se helara,
que su mano temblara, que su mirada se nublase…
Una susurrante y aterrada voz repitió, reflejando una espantosa
sensación de miedo:
-¿Quién es?
El silencio seguía ciñendo la noche negra…como la
muerte.
Sus oscuros ojos derramaron una lágrima.
Tras la puerta había alguien. De eso, Alicia, estaba segura.
Acercó la mano al manillar de la puerta, cerrando fuertemente
la otra mano para intentar evitar que el miedo se hiciese con el control
de su cuerpo. Giró el manillar. Después, deslizó
su mano hacia la cadena de la puerta y suavemente, con el temblor que
la desesperaba, la quitó.
Con los ojos abiertos como platos, con la tensión por las nubes,
con la boca seca y con el miedo apretándola por dentro, abrió
la puerta.
El suave aire se empotró en su cara. Ante ella, una niña
de pequeña estatura se cubría su piel desnuda con una
fina sábana blanca manchada de sangre. La niña, rubia
y con unos extraños y grandes ojos azules, estaba quieta, inmóvil,
petrificada ante Alicia, con la mirada perdida. Sus rubios cabellos
la rozaban los hombros.
Estaba completamente desnuda. Tan solo se cubría con una sábana
blanca empapada de sangre. La niña no tenía ninguna herida
ni sangraba por ningún lado.
Alicia, casi más quieta que la niña, dio un paso hacia
ella intentando recuperar la noción de su cuerpo. Parpadeó
varias veces y se puso de cunclillas para mirar sus dulces ojos (poniéndose
en su misma estatura) de niña asustada. Una niña con aspecto
tenebroso. Alicia, posó la mano en su hombro y susurró
sin apartar la mirada de sus ojos:
-¿Quién eres?
La luna iluminaba la cara de la niña forjando en su mirada un
tono de misterio y ansiedad.
La chica movió los labios para decir:
-Tengo miedo. –Tengo mucho miedo.
Tras un angustioso instante de afonía, Alicia y la niña
entraron en la casa.
El timbre volvió a despertar a Alicia. Miró el despertador
y se levantó rápidamente de la cama. Era la una de la
tarde. Salió a abrir la puerta. El rostro de Amanda, su amiga
de la universidad, apareció ante ella.
-Buenos días, bella durmiente-dijo Amanda sonriente.
-No he pegado ojo-contestó Alicia. –No te imaginas lo que
pasó anoche.
Alicia se dirigió al cuarto de baño. Abrió el grifo
del lavabo para empaparse la cara cuando de pronto el espeluznante grito
de su amiga creó en ella un escalofrío. Salió corriendo
con dirección al comedor para comprobar que había pasado.
Amanda, con los ojos como platos, miraba atónita la figura de
la niña.
-De esto quería hablarte-dijo Alicia. –Anoche esta niña
se presentó en mi puerta. –Estaba desnuda, solo se cubría
con una sábana que estaba manchada de sangre.
-Me dio tanta pena que la dejé dormir en casa.-No se que hacer
con ella, no dice quién es, ni donde vive. –Solo dice que…tiene
miedo.
-Pues deberías llamar a la policía. –Pueden acusarte
de secuestro, Alicia.
La niña giró la cabeza y miró a Alicia. Su rostro
daba tanto miedo…
¿Quién era esa niña? ¿Qué estaba
haciendo allí? ¿Qué quería de Alicia?
-Se me ha olvidado el bolso en tu casa-dijo Amanda ceñuda. Tras
un suspiro, Alicia le dio las llaves a Amanda.
-Date prisa, que el cine no va estar abierto para nosotras. –Además
Luis y Juan ya deben estar preocupados.
Alicia miró a su alrededor. En el bullicio de gente que iba de
un lado para otro, en el bullicio de coches que andaban sin destino,
al fondo, casi en el horizonte, un hombre encapuchado observaba atento
a Alicia. Sus macabros pensamientos solo podían compararse con
lo que estaba apunto de suceder…
Alicia llamó al timbre de su casa.
-¡Amanda!-gritó – ¡No creo que para coger un
bolso haga falta media hora!
Silencio.
Alicia volvió a llamar a la puerta. Siguió insistiendo
pero tan solo el silencio era su respuesta.
Dentro no se escuchaba nada. Ningún ruido. Solo silencio.
Acercó la llave a la cerradura de la puerta. La giró.
Con un chirrido espeluznante la puerta la dejó ver el desfigurado
cadáver de Amanda. Tenía un profundo corte en el cuello,
por el que brotaba sangre sin parar, dejando un charco alrededor de
la cabeza. Al lado del cadáver había un cuchillo.
Alicia gritó desesperadamente y se llevó la mano a la
boca, para evitar devolver.
Pudo comprobar como detrás del cadáver, la niña,
tapada con la sábana, susurraba mirándola a los ojos:
-Tengo miedo. –Tengo mucho miedo.
-Alicia Robles González-dijo el policía asomándose
a la salita.
Juan se levantó y la dio un profundo abrazo.
-No se que hacer-dijo ella entre lágrimas.
Con una mirada afligida entró en el despacho del policía.
No era muy grande pero estaba decorado con grandes cuadros.
Se sentó en frente del escritorio del policía, en un sillón
de tela marrón. Mientras él tecleaba las teclas del ordenador
pensó en la niña. Sus oscuros ojos seguían causándola
escalofríos.
-Bien-dijo el policía, dejando de teclear y dedicándole
a Alicia una seria mirada.
-Dice usted que anoche, la niña con la que ha venido, apareció
en su casa por arte de magia, ¿verdad?
-No, no es así. –Ya se lo dije al otro policía.
–Estaba durmiendo cuando ella llamó al timbre. –La
pregunté que quién era pero no contestaba, solo dice que
tiene mucho miedo. –Luego la dejé pasar y la intenté
dar ropa limpia, pero solo quería cubrirse con la sábana.
-¿Y el cadáver de su amiga? ¿Piensa que lo hizo
la niña?
-Yo no pienso que lo haya hecho la niña-contestó
-Por supuesto que no puede pensar eso-interrumpió el policía-
por que… ¿fue usted quién asesinó a su amiga?
-¿Cómo?
-Lo que oye. –Tenemos un testigo, señorita.
El policía, por el teléfono, le pidió a la secretaria
que el testigo pasase.
Un hombre encapuchado, con una capa negra que le cubría prácticamente
todo el cuerpo, entró en el despacho.
-Acaba de declarar, señorita, y nos ha contado todo lo contrario
a lo que usted ha declarado.
-Pero es imposible-contestó Alicia. –Yo a este hombre no
le conozco de nada.
-Soy el padre-dijo el hombre con una agria y fuerte voz. -Tiene a mi
hija.
-No puede ser-susurró Alicia.
-Pues si, señorita, este caballero que ve usted-dijo el policía-
es el padre de la niña que dice usted que llamó a su casa.
-Ella la raptó-dijo el hombre. –Me arrebató a mi
hija.
-¡Eso es mentira!-gritó Alicia alterada.
-¡Que él diga que es su padre no quiere decir que lo sea!!-gritó
de nuevo.
-Además tenemos una prueba en su contra, señorita. –Deje
de hacerse la víctima por que el cuchillo que encontramos al
lado del cadáver de su amiga, tiene sus huellas.
-No puede ser, tiene que haber un error-dijo entre lágrimas.
-No tengo nada más que hablar con usted.-Por ahora es la principal
sospechosa. –Va a pasar a disposición judicial y la niña
se irá con su padre.
-¿Cómo sabe usted que la niña es hija de ese hombre?-Gritó
Alicia mientras dos policías la sujetaban para ponerla las esposas.
-Ese no es su problema.
Alicia, llorando, pudo ver la malévola sonrisa de aquel hombre
encapuchado, mientras los dos policías se la llevaban directa
al calabozo.
Nunca había estado entre rejas. Su cárcel, parecía
un cuarto de ratas. Tan solo tenía una cama y un lavabo. Ni siquiera
tenía ventanas, redondas y verjadas como en las películas.
Se acostó en la cama bajo el sonido de los muelles.
Con lágrimas en los ojos pensó en lo sucedido. ¿Por
qué estaban sus huellas en el cuchillo? ¿Había
sido la niña quién asesinó a su amiga? Tantas preguntas…
La vida de Alicia siempre había sido una vida solitaria…desde
aquel accidente de coche. Sus padres murieron en ese accidente. Ella
sola salió adelante…
De pronto cayó en la conclusión de que las huellas estaban
en el cuchillo puesto que aquel cuchillo era suyo, y por supuesto, lo
había utilizado. ¿Qué se proponía aquel
hombre encapuchado? ¿Era en realidad el padre de la niña?
¿Quién mató a Amanda? ¿La niña? ¿O
el padre?
Alicia intentó despejarse la cabeza pero era inútil. No
encontraba ninguna explicación. El por qué no aparecía…
¿Hasta cuando iba a estar en aquel calabozo?
Intentando disuadirse de tantas preguntas, cerró los ojos y todo
se volvió negro.
Despertó en su casa. ¿Qué estaba haciendo allí?
Miró a su alrededor. Todo estaba normal. ¿Pero que hacía
ahí? Se levantó de la cama. Se dirigió al salón
y gritó lo más fuerte que pudo. La niña la miraba
con los ojos abiertos como platos, dedicándola una mirada espectral.
Dio un paso hacia Alicia. Otro.
-¿Tu padre es ese hombre? ¿El de negro? –Dímelo
por favor. –Habla.
-Si-contestó dando otro paso en frente. La niña empezó
a llorar.
-Pero yo no quiero que sea mi papá. –Es un señor
malo. –El mató a mi mamá cuando estaban durmiendo.
–Y me dio mucho miedo. –Tengo mucho miedo.
Alicia se dirigió a su habitación, y se quedó mirando
la foto donde salía con su padre. La foto de al lado del despertador.
Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos al comprobar que
el hombre que había declarado contra ella, salía en esa
foto, pero sin la capucha negra. Rompió en cristal y miró
por detrás de la foto. La dedicatoria firmada por él se
veía perfectamente.
-¡Tú eres yo!- gritó Alicia desde la habitación.
– ¡Tú eres yo de pequeña!
-Mi padre mató a mi madre, y me quería matar a mí.
–Yo salí de la ducha y cogí la manta que cubría
el cadáver de mi madre. –Salí de allí y corrí
lejos de él. –Llamé a la puerta de una casa. –Tenía
miedo, tenía mucho miedo. –Mi padre me encontró
y mató a la chica que encontró en esa casa, conmigo. –Pero
ella no era la dueña de la casa. –Ella no era quién
me abrió la puerta. –Volví con mi padre y al cabo
de los años sufrimos un accidente. –Él murió.
– ¿Yo quedé amnésica?
Se limpió las lágrimas con la manga de la chaqueta y salió
al comedor. La niña había desaparecido.
El timbre volvió a sonar. Juan, Luis y Amanda entraron en casa.
-Vamos a llegar tarde al cine-dijo Luis.
-Todo está en mi cabeza-susurró Alicia. –Todo estaba
en mi mente. –Tenía que recordarlo todo.
-¿Decías algo?-preguntó Amanda.
-No. –Nada. Cojo el bolso y nos vamos.
-¡Alicia!-gritó Juan. -¿De quién es la capa
negra que guardas en el armario?
-La capa negra-contestó- solo es un recuerdo de familia.
-Vamos, Alicia-dijo Luis. – ¡No creo que para coger un bolso
haga falta media hora!
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El timbre volvió a despertar a Alicia. Miró el despertador
y se levantó rápidamente de la cama. Era la una de la
tarde. Salió a abrir la puerta. El rostro de Amanda, su amiga
de la universidad, apareció ante ella.
-Buenos días, bella durmiente-dijo Amanda sonriente.
-No he pegado ojo-contestó Alicia. –Si te imaginas lo que
he soñado…