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El adiós se acercó a mí empapado en llanto,
sentía en el alma tener que causarme un dolor tan grande.
Alguien le había pedido una despedida, mas olvidó
prepararme para ese momento en el que mi corazón una vez
más quedaría destrozado. Aún le pregunto
al adiós en qué instante fue que mi ángel
lo invocó, mas el adiós dolorido sólo puede
ofrecerme la respuesta del silencio y la tristeza que irradian
sus ojos. El adiós aún sin quererlo me empuja y
me hace caer, el mundo sigue y muchos pies me pisan. Me lamento
y me muero de dolor; mi cuerpo sangra aunque es mi corazón
quien peor queda, incapaz de levantarme permanezco tirada en el
suelo. ¿Por qué mis fuerzas se han desvanecido en
un solo momento si me ha costado tanto reunirlas? No lo entiendo,
mas hay tantas cosas que no entiendo hoy... Sé que no soy
perfecta, sé que muchas veces me he equivocado, mas también
sé que no soy merecedora de un dolor tan profundo como
el que el triste adiós hoy me ha causado.
Me siento desorientada, dolida, sin saber bien a donde me llevan
estos minúsculos pasos que soy capaz de dar. Dios sabe
cuánto he luchado por mis sentimientos, Dios sabe cuánto
han llorado mis ojos... Mas a la vida eso no le importa, la vida
no entiende de justicia, no entiende de desesperación.
No importa que me haya matado luchando porque de nuevo mi lucha
no ha merecido la pena, mi lucha solo me ha arrojado a los brazos
de la oscura tristeza. Soy incapaz de encontrar sentido a este
último tiempo de mi vida, soy incapaz de comprender porqué
una luz que parecía tan luminosa y duradera hoy se apaga
y hace que me pierda entre la enorme oscuridad de mis días.
Estoy al borde de un precipicio, siento miedo y mis piernas flaquean,
las lágrimas recorren mis mejillas para ir a morir a mis
manos... Sé que la sentencia no concibe apelación,
que sólo hay cabida para la resignación, mas es
tan doloroso y frustrante a la vez... En medio de mi tristeza
soy capaz de reconocer la grandeza de mis sentimientos, soy capaz
de descubrir la generosidad de mi corazón ya que tengo
la certeza de que he dado todo lo que he podido y más.
Aunque esto último no me haya servido para que el adiós
dolorido se alejara de mi vida, ha servido para construir mis
recuerdos, unos recuerdos que nadie puede llevarse porque sólo
a mí me pertenecen, unos recuerdos que atesoraré
en lo más profundo de mi corazón por siempre. Sé
que Dios es consciente de cuanto sufre mi corazón, sé
que él me envió al más maravilloso de sus
ángeles para que permaneciera a mi lado, mas sus alas hoy
lo alejan de mí. No puedo rogarle más que permanezca
a mi lado, debo dejar que sus alas lo lleven allí donde
su corazón quiera estar. Mi mano sujeta su corazón
con tanta fuerza... que sé que Dios desde el cielo llora
amargamente.
El camino de la vida es duro y peligroso a veces, nos hace caer
con sus difíciles obstáculos y nos sentimos tan
perdidos que cualquier intento por lograr levantarnos parece en
vano. Sin embargo, la esperanza callada y fiel siempre permanece
firme, escondida en algún rincón de nuestro corazón
y nos recuerda que donde la despedida apaga una luz, el cariño
hace una hoguera. Ojalá yo encuentre pronto la fuerza que
me haga levantar y me devuelva las ganas de vivir que hoy se han
desvanecido. Si no lo consigo, al menos dejaré a quienes
me quieren el consuelo de haber intentado reconstruir mi alma.
El adiós dolorido me ha enseñado que la soledad
del corazón es más humana que la luz de la ilusión,
hoy la soledad es mi mejor amiga porque ella es la única
que anhela permanecer en mi vida, hoy le abro mis brazos y mi
corazón con la certeza de que mis sentimientos destrozados
están a salvo. |