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El lugar en el que vivo es un barrio
relativamente pequeño en el que la gente se conoce, o por lo menos
hace unos años era así. Ahora, las edificaciones traen cada vez
más gente y más ruido a un lugar que antes se caracterizaba por
su tranquilidad. Hace dos años conocí a un anciano en la parada
de la guagua, él no esperaba ninguna, sólo estaba sentado allí
viendo los coches pasar. Me fijé que a su lado había un bastón
así que supuse que alguna de sus piernas estaba mal... Empezamos
a hablar y me reí mucho con él, pensé que era una de esas personas
que llegan fácilmente al corazón de la gente. Aquel día me despedí
y cogí la guagua, al regresar aquel anciano aún estaba allí, lo
saludé de lejos y regresé a casa. A partir de aquel día ir a aquella
parada se convirtió en un ritual para mí, iba a diario a hablar
con él. Me contó que su esposa había muerto, que vivía con su
hija, yo me di cuenta de que no lo cuidaba bien porque andaba
sucio y bebido siempre. Poco a poco aquel anciano se fue metiendo
en mi corazón, me gustaba escucharlo hablar de sus tiempos “mozos”,
me gustaba el brillo que veía ahora en sus ojos. La gente lo veía
en la parada y nadie se había acercado a él, ni siquiera lo saludaban,
para todos era un anciano sucio al que no se querían ni acercar...
Él mismo me lo contó con lágrimas en los ojos, me contó lo solo
que se sentía, me dijo que no tenía a nadie con quien hablar.
Dijo que yo había sido un ángel que Dios le había enviado, a mí
me emocionaron mucho sus palabras ya que yo lo quería mucho. Así
pasó un año, yo estudiaba desde que llegaba de clase para dedicarle
cada tarde un rato a él. A mi madre al principio le dio miedo,
pero pronto comprendió que era inofensivo. Un día no pude ir a
verlo y llegó mi madre a casa muy agitada que habían atropellado
a un señor en aquella parada... Yo empecé a llorar, sentía que
se me partía el alma... mas Dios quiso que no fuera él el que
muriera aquella tarde. Así que, pude disfrutar muchas tardes más
de su compañía y cariño, aunque ni imaginaba el daño que sufriría
más adelante. Un día llegué allí y empezó a decirme disparates,
no acertaba a decirme nada claro... yo me fui llorando, mas pensé
que había bebido demasiado y que al día siguiente se le pasaría.
Recuerdo que cuando volví a verle las piernas me temblaban, tenía
tanto miedo... Volvió a pasarme lo mismo que el día anterior y
esta vez la desesperación me invadió. Lo pasé muy mal, me vine
abajo, me costó muchísimo afrontarlo. Hoy, lo he superado, al
menos lo llevo mejor que entonces. Ahora lo veo y no me conoce,
muchas veces ni me habla... Mas, yo voy a esa parada siempre que
puedo y lo acompaño en su silencio, me siento a su lado como hacía
entes, él me sonríe y juntos vemos pasar los coches. Todo está
“como antes” de que yo llegara a su vida, mas el nunca
volverá a estar solo, yo estaré allí y el día que Dios quiera
llevárselo a su lado habrá alguien que llorará su muerte con todo
su corazón. Nunca te olvidaré Antonio, aunque tú me hayas olvidado,
sé que siempre estaré en tu corazón aunque tu cabeza no lo recuerde.
Gracias por todas las tardes en las que me regalaste tu compañía,
gracias por ser tan especial y por todo el cariño que hiciste
nacer en mi corazón hacia ti.
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