Cuento de un milongas

 

 


Cuento de un milongas
Finales de 2004

Cap. 1… dominguero

Corría por el río, llevaba veintisiete minutos y 45 segundos, el sudor empezaba a caer entre mis cejas y oídos, el cansancio, no existía en mi cuerpo.
Sólo se oían a niños jugando al fútbol y un canturrear leve de pájaros. Tan tranquilo iba yo, que sentía mi corazón. Ese latir leve que se agitaba de vez en cuando. Pero… mi tranquilidad acabó, algo me llamó la atención, un ruido que provenía detrás de mí. Entonces lo sentí, me percaté de su presencia. Agudicé mi oído y fue cuando lo escuché. Una respiración profunda, con su expiración e inspiración tan fuertes como el sonido de decenas de gaviotas volando por el cielo. Ahora, se estaba acercando, iba a pasar por mi lado izquierdo, en esos momentos sabía que tenía que mantener la calma, tenía que sacar toda la sangre fría que pudiera.
Ya estaba a mi lado. Entonces pensé… :
- ¿Giro la cabeza para mirarle? - No podía aguantar…
Pero aguanté, no le miré a los ojos, ni a la nariz…no le miré a la cara. Lo tenía enfrente de mí, vestía con camiseta corta y unos pantalones cortos pero al mismo tiempo largos, a mi parecer…largos. Y entonces… lo caté, era un dominguero, una de esas personas que sale a hacer deporte un día o dos a la semana sólo porque se creen guays.
Allí estaba él, el dominguero, a unos pocos pasos de mí. Cada vez se iba alejando más, pero yo, como un verdadero profesional, iba contando los metros que me iba sacando; uno, dos, tres, cuatro…
Estaba concentrándome en los metros, contando los metros de la mejor manera posible. Y entonces…ocurrió algo inesperado, un chocante y extraño sonido surgió detrás de mí. Tengo que admitir que en ese momento me despisté, y perdí de inmediato la cuenta de los metros.
Se trataba de un nuevo sujeto, un naciente corredor que al parecer, se proponía pasarme.
Ahora, mi cabeza también trabajaba, estaba maquinando el plan, un fabuloso plan que me serviría para gozar…
- ¡mi primer goce! - Pensaba en mi cabeza.


Cap. 2… el plan


Ahí estaba él, un corpulento hombre de unos 25 años, vestía con una camiseta del valencia y poseía unos portentosos gemelos. A este tipo lo caté bien pronto, otro dominguero, pero esta vez del Valencia C.F.
Este personaje me vendría bien para mis planes, sabía perfectamente cómo tenía que utilizarlo y de qué forma.

En el momento que me pasó, mi plan comenzó. Empecé a seguirle con la distancia de un metro. El ritmo era ligero, lo suficiente como para ir recortando metros al dominguero. Si seguía así un par de minutos, cogería al esperado dominguero.
Sólo estaba concentrado en las piernas del tipo de adelante; observaba unas piernas resistentes pero sin unos gemelos formados, unos gemelos con falta de deporte, con falta de sufrimiento.
Pasamos por un campo de rugby con sus jugadores fornidos entrenando a lo bestia, tirando la pelota y golpeándola a la vez mientras otros se divertían derribándose. El entrenador chillaba como un Dios, como si estuviera entrenando a seres inhumanos, a unas bestias similares a la del perro de Ares, Cerbero.
Todo esto ocurría mientras yo y el de delante de mí, recortábamos metros al dominguero. Estábamos cada vez más cerca y más cerca…pero de pronto, con la misma marcha, no conseguíamos alcalzarle. Efectivamente, el dominguero había subido la marcha, había escuchado a unas personas correr por detrás suyo y había incrementado la velocidad, estaba haciendo lo propio de un dominguero. Me enfrentaba contra un dominguero profesional.

Cap. 3… puesta a punto del plan

Llevaba corriendo alrededor de los 30 minutos. Me quedaba todavía otra treintena de minutos para finalizar la etapa. Dentro de poco, tendría que dar la vuelta para volver a casa y conseguir así, los 60 minutos que estaban planeados para la etapa.

Faltarían unos 200 metros para que yo diese la vuelta. Me tenía que dar prisa si quería reventar al dominguero. Mientras tanto, seguía corriendo con el dominguero valencianista. Éste, era un tipo bastante lacónico, ya que no entablamos ningún tema de conversación a pesar de mis vanos esfuerzos por introducirla. Como un buen dominguero valencianista, siguió corriendo a mi lado aparentando ser una persona lacónica y despreciable.

Mantenía la calma, pero tenía que hacer algo pronto, si no, tendría que dar la vuelta y quizá, quien sabe, el dominguero se iría pensando orgullosamente que había reventado a un niño de 16 años. Mi mente tenía varias bifurcaciones, ya que estaba rebosante de ideas, pero no tenía tiempo de pensar demasiado, así que… ataqué. Subí precipitadamente el ritmo dejando atrás al dominguero valencianista. Ya no me hacía falta ese ‘cantamañanas’, simplemente fue usado por mí como el PSOE con la UGT, careciendo siempre de autonomía propia. El valencianista se limitó a seguir con su ritmo y ya no volví a saber más de él.
Poco a poco, como una gacela corriendo para no ser devorada, mi velocidad incrementaba. Me encontraba rebosante de energía y la posibilidad de que mi cansancio se hiciera notar tanto como para no llegar a casa, era impensable e improbable.


Cap. 4… fin del dominguero


La marcha era ligera. Nadie de los dos conseguía ganar metros del otro, se trataba de un empate en toda regla. Pero yo tenía el control de toda la situación, así que… aceleré la marcha. Mis zancadas ahora resonaban con más fuerza que antes, mis robustas piernas se sometían a mi voluntad.
El dominguero también aceleró la marcha, con lo cual, no pude darle alcance. Detrás de sí, iba dejando sendas imprentas de las suelas de sus zapatillas.
Nos encontrábamos igual que antes, salvo por una única diferencia, él estaba quemado y yo no, no tenía pruebas de ello pero mis sentidos me decían que así era. Me restaban de él unos 5 metros y mi respiración se entrecortaba.
Como si de un juego se tratara, volví reiteradamente a subir el ritmo. El ritmo se volvió fuerte, rocoso… difícil de aguantar por mucho tiempo, incluso para mí.
Esta vez, el ritmo se acercaba a los límites de un vulgar sprint, esto suponía un derroche de energía considerable. Mi ética personal tuvo un conflicto y me planteé la siguiente pregunta: ¿valía la pena hacer ese derroche energético para reventar al dominguero y así mostrar mi superioridad?
Mi ‘YO’ tomó más fuerza dominando al ‘ELLO’, mi parte instintiva, que se iba reduciendo al ver que mi cuerpo disminuía en fuerzas. Yo sabía que era superior a él, pero él no. Mi cordura o mi ‘YO’ me decía que lo dejara, que no hiciese esa bujarrada, que bajara el ritmo…
En cambio, mi orgullo me decía todo lo contrario, me decía que lo ganara. Reventar a esa persona abstraída en su mundo de garrulos significaba un poderío tan significativo como la que presentaba el propio Diómedes.

Tomé una decisión, por última vez, incrementé el ritmo llegando al sprint. En cuestión de segundos llegué a su lado. La historia llegó a su momento culminante, la mirada. Poco a poco giré la cabeza hacia mi derecha y observé algo que ya esperaba encontrarme. Contemplé un rostro consternado y desfigurado por el sufrimiento y el dolor. Por su cara se podía observar que estaba sometiendo su cuerpo a un sobre exceso de ejercicio. Con la respiración fuera de su lugar y la boca entreabierta, intentó dibujar en su rostro una sonrisa de impotencia.
No entiendo por qué los domingueros cuando saben que han sido reventados, sonríen. Supongo que será porque se les cae la cara de vergüenza e intentan sacar todo el orgullo que pueden.

Todos los momentos acaban por llegar, y los finales de los domingueros siempre llegan sin excepción alguna. Continué con mi ritmo de carrera, dejando atrás y sin aliento a nuestro protagonista. Tomé la senda de vuelta a mi casa, bajé el ritmo y volví sin complicaciones a mi hogar.

No sentía orgullo alguno por haber reventado a ese dominguero, hice lo que tenía que hacer, reivindiqué la fuerza de los aficionados al deporte sin admitir esa sublevación incoherente y sin sentido por parte de un milongas.

FIN