| Sucedió
como suceden todas esas cosas que a menudo deseamos que ocurran. Era un
día claro, limpio y soleado pero sobre todo caluroso. Eneida estaba recostada
sobre las rocas de la cala e iba ya por el segundo chapuzón. Y disfrutaba,
gozaba de una de esas mañanas tranquilas que solo se dan a cuentagotas.
¿Y todo ese relax y regocijo debido a qué? Pues a que la semana anterior
había tomado la valiente decisión de llevar a cabo un sueño que casi nadie
llega a hacer realidad del todo: romper con la rutina diaria de su vida.
Una vida por otra parte aburrida, donde un novio vulgar y decepcionante,
una ciudad ruidosa y peligrosa, un jefe pretencioso e insultante, y una
pandilla de amigos que ya no contaban con ella para nada, eran todo cuanto
tenía. De modo que harta del nefasto panorama de su vida se decidió a
dar un giro y lo hizo; alquiló la casita de un pescador en una isla diminuta
y desconocida de Mediterráneo. Sucedió así de esa forma tan sencilla y
sucedió al tercer día de la tercera semana de relax silencio y soledad.
Eneida estaba recostada sobre su roca favorita de la cala y conversaba
sola, tal como acostumbraba a hacer desde el día en que llegara, cuando
de pronto y a sus espaldas sintió el entrechocar de unas piedras. Súbitamente
se dio la vuelta y sorprendió a un chiquillo que trataba de esconderse
tras un oscuro recoveco. Eneida todavía era joven y ágil, rápidamente
se incorporó y retuvo al chiquillo de un brazo, tiró de el y en un instante
lo tuvo frente a sí. Y entonces la sorpresa fue mayúscula, pues nadie,
y menos el pescador que le había alquilado la casa le hablaron acerca
de que en la isla viviera alguien, y menos le mencionaron la existencia
del ser que ahora tenía delante. ¡No era un chiquillo sino un enano! Un
enano que mediría cerca de cincuenta centímetros, pero que por lo demás
era exacto a cualquier ser humano normal. Con brazos fuertes, y un cuerpo
proporcionado para su tamaño y sobre todo un semblante perfecto. En resumen
el enano era increíblemente hermoso. En cuanto a su forma de vestir cabe
decir que utilizaba un viejo polo que al parecer había arrebatado de la
casa del pescador y que le cubría hasta los pies. Sólo un defecto a tener
en cuenta presentaba el pequeño ser; el del idioma. Ya que no hablaba
una sola frase de español como tampoco de inglés, francés, ruso, polaco
o cualquier otra lengua, fue descubriendo Eneida. Los días posteriores
a su encuentro transcurrieron llenos de sensaciones agradables, pues el
enano era una caja de sorpresas. En primer lugar nadaba con una facilidad
asombrosa y descubrió que hasta era amigo inseparable de una bonita y
también solitaria foca monje que habitaba los alrededores de la isla.
Cada atardecer Eneida era testigo y se sentía partícipe de los animados
juegos entre la foca y el enano. En segundo lugar solía pescar para ella
suculentos peces que le ofrecía con una sonrisa de niño divertido. Y luego,
al amanecer, muy temprano, el enano acudía a la choza y despertaba a Eneida
con caricias tiernas y hasta quizá sensuales. Transcurrido su primer mes
de estancia en la isla Eneida no fue capaz de marcharse, de modo que renovó
su estancia en la isla por tres meses más y transcurridos esos tres lo
hizo por seis y cuando llegó a los seis se encontró tan cómoda que decidió
quedarse un año. Sin pretenderlo, pero atraída por la felicidad de sus
dos tiernos acompañantes, Eneida poco a poco se introdujo en el agua y
ahora disfrutaba de placenteros y divertidos atardeceres nadando junto
a ellos, o de tranquilos y sosegados amaneceres recogiendo mejillones
junto a “Mudo” mientras que al anochecer y antes de acostarse leía los
capítulos de la fantástica historia de Robinson Crusoe. El único nexo
que Eneida tenía con la civilización en la isla era su Pc portátil, mediante
el cual estaba en contacto, al principio, con su novio, el cual y sin
visitarla una sola vez dejó de llamarla, y con el pescador que le arrendaba
la casa, quien finalizado el plazo del primer año le comunicó que había
contraído una enfermedad y que apenas le quedaba un mes de vida, pero
que no se preocupara por nada, pues había comprendido que ella era la
verdadera dueña y depositaria de la casa y que por tanto se la legaba.
El marinero acudió a morir a la isla; era un hombre bueno y apacible y
juntos los cuatro disfrutaron de unas hermosas semanas hasta que una mañana
falleció. Pero horas antes de morir muy enfermo solicitó al enano que
con ayuda de la foca lo depositaran en alta mar pues allí era donde deseaba
que sus restos descansaran. Acudieron todos a alta mar y lloraron su pérdida,
pero la vida continuó adelante inflexible, hasta que tal y como era de
esperar el lazo de unión que existía entre “Mudo” y Eneida se convirtió
en amor. Una fresca mañana de Abril tuvieron su primer hijo, mientras
que la foca para nada ajena a la vida y desenlace de sus amigos, había
encontrado un compañero y en una de las cuevas de la isla crío y amamantó
su primera prole. Mudo y Eneida tuvieron dos hijos más, todos ellos separados
por un margen de un solo año de diferencia. En total fueron dos niños
y una niña. De pequeños los chicos jugaban por la isla y disfrutaron con
las sucesivas generaciones de focas hijas de aquella primera. Hasta que
un día sucedió algo raro por no decir increíble. Teo Haro y Lea, que así
se llamaban los chicos, rondaban la adolescente edad de los trece años
cuando les empezó a ocurrir. Se pusieron raros dejaron de hablar y enmudecieron
y por las noches comenzaron a bañarse en el mar mientras entonaban extrañas
y asombrosas melodías en un idioma incomprensible y marino. Eneida asistió
impotente a su transformación, aunque de forma curiosa, en su interior
ella tampoco se sintiera ajena a lo que estaba sucediendo; y más cuando
vio a mudo sentado a horcajadas sobre ella mirándola con una sonrisa soñadora
y para nada preocupado. Sucedió a la tercera semana del tercer mes del
trigésimo año de estancia en la isla de Eneida. Una amanecer Eneida abrió
los ojos y su familia ya no estaba en la casa; es decir, sus hijos y Mudo
se habían levantado muy temprano. Era pronto, tan increíblemente pronto
que el sol aún no había salido pero en cambio la luna brillaba con fuerza
sobre el azul oscuro del mar. Eneida oyó las voces lejanas de sus hijos;
la llamaban. Salió de la choza corriendo todo lo que pudo y descendió
a trompicones hasta la cala y desde allí como a unos doscientos metros
mar adentro vio que estaban ellos y detenido al borde de la cala “Mudo,”
que los observaba con una sonrisa embobada, mezcla de desencanto y a la
vez de inmensa felicidad impresa en sus labios. Los tres bailaban una
extraña danza en la que Teo y Haro giraban en torno a Lea cuyos cabellos
rubios oro, más rubios y hermosos que nunca, resplandecían bajo el albor
lunar. Los tres saludaron con las manos y a un breve pero agudo silbido
los tres se zambulleron en el agua y expusieron al aire sus bellas y fuertes
aletas de sirena; porque ¡eso era en lo que se habían transformado! ¡En
bellos sirénidos marinos! Y la reina era Lea pues en el mundo de los sirénidos
reinan las sirenas... Eneida comprendió entonces cual era su verdadera
estirpe, comprendió que si había llegado a la isla no había sido por casualidad
sino por instinto y comprendió cual había sido la verdadera finalidad
de su vida. Se inclinó junto a su amado esposo y juntos abrazados despidieron
a sus hijos ¿tal vez para siempre…? |