El fin del mundo de Claudio
Claudio apagó el transistor y lo primero que hizo fue echar un vistazo a su reloj de pared. Eran las cinco y media de la tarde y eso, recién despierto después de su agotadora jornada como empleado del Metro, aún era tiempo suficiente.
Mientras merendaba estuvo meditando qué podía hacer, pero tan sólo se le ocurrió pensar que aquella iba a ser la última merienda de su vida; también pensó que pese a haber recibido una noticia tan dura y alucinante la estaba encajando con una frialdad impropia en él. Claro que quizás eso fuera debido a que todavía seguía estando medio dormido, determinó.
Decidió salir a la calle. Llegó al portal se encendió un cigarrillo y echó un vistazo a su alrededor. En principio todo le pareció tan normal como cualquier otro día. Entonces tuvo la extraña sensación de que todo era de color gris. Y en efecto hacía un día oscuro. Unos nubarrones ocultaban el sol y amenazaban con lluvia. De las chimeneas de las casas brotaban espesos vahos que fundían su gris candente con el gris opalino del cielo y también con ese gris acartonado de los altos rascacielos, que le cercaban como inaccesibles farallones; y con ese gris sucio de las aceras; y hasta los mismos coches que circulaban más ordenadamente que de costumbre, le parecieron grises. Pero lo más sorprendente fue que no escuchó ni un solo claxon. En su lugar había un inquietante silencio, tan sólo quebrado por el suave ronroneo de los motores en marcha. Quizá en eso radicara la diferencia entre un día cualquiera y el día del fin del mundo, pensó.
Echó a andar pues acabó por decidir que no subiría a ningún transporte público y menos al Metro; y mientras caminaba empezó a pensar en la desgracia o quizá la suerte que habían tenido sus padres de fallecer antes que él y perderse el fin del mundo. ¿Cómo sería? ¿Se dejaría sentir? Lo más seguro es que probablemente ni se enterara. Por otra parte tuvo la certeza de que no tendría oportunidad alguna de reunirse con sus familiares, ya que la ciudad quedaba demasiado lejos de donde ellos vivían. De modo que prosiguió caminando de forma casi instintiva hasta que sin saber cómo, se detuvo delante de un portal y se dio cuenta de que ese era el único lugar del mundo donde deseaba pasar el fin del mundo. y se trataba de la casa de Mayka. Una mujer de bastante más edad que él y de la cual mantenía unos estrechos lazos de afinidad.
Iba poco a su casa y solían verse en cualquier otro lugar. Por ello no recordó el número de su piso, de modo que la llamó por el móvil; pero el móvil estaba colapsado. Claudio pensó entonces en la cantidad de gente que estaría llamando al mismo tiempo; quizá para quedar por última vez o sólo para consolarse mutuamente e intercambiar palabras de ánimo. Y en ese momento se le ocurrió imaginar que debía suceder algo así como cuando el hombre del tiempo anuncia que va a haber temporal; entonces todo el mundo espera que se equivoque. Sí, aunque remota, todavía existía la esperanza.
Unas manzanas más adelante conocía un bar; Claudio se decidió a llamarla desde allí. Apretó el paso y cuando pasaba cerca de una tienda algo llamó su atención. Los propietarios o empleados de la tienda sin interesarse por él se afanaban en fijar en las lunas de los escaparates unos pasquines que notificaban su total liquidación. Asimismo habían sacado la mayoría de los artículos al exterior y los tenían expuestos como si se tratara de un pequeño rastrillo. Inconscientemente Claudio echó mano de su cartera; ya que de pronto, y sin explicarse por qué se sintió tentado por comprarle cualquier cosa a Mayka; y eso mismo habría hecho de no surgir una heterogénea camarilla de individuos (nada que ver con rockers, punkies o skins) claramente alcoholizados, y que haciendo gala del más depurado salvajismo arremetieron contra la tienda y comenzaron a saquearla.
Horrorizado, Claudio escapó a la carrera y mientras corría un hombre calvo que ardía como una antorcha le sobrepasó velozmente. Iba gesticulando de una forma extraña y quizá cómica pero a la vez profería unos alaridos sobrecogedores. Poco a poco fue perdiendo gas hasta caer unos metros más adelante. Claudio lo esquivó mirándolo con repugnancia, pero no dejó de correr hasta que llegó al bar.
Dentro se encontró con un panorama desesperanzador. Ni rastro del personal. El lugar parecía haber sido asaltado por una legión de soldados sedientos de alcohol y violencia. Las vitrinas de detrás de la barra habían sido destruidas a conciencia, y las cristaleras que daban al comedor estaban reventadas y aquél era un amasijo de sillas y mesas panza arriba. Por lo menos el teléfono parecía estar en buen estado.
Claudio llamó con prisas. Mientras hacía la llamada notó que sentado en una de las pocas sillas que quedaban enteras, había un hombre que lo observaba. Se fijó mejor en él; sostenía entre sus manos una botella de whisky y en realidad su mirada era una mirada derrotada y vacía enmarcada en un rostro desencajado. Al otro lado del cable se oyó un chasquido, seguido de un extraño abismo de voces irreconocibles, y por fin el timbre intermitente se dejó sentir. Sonó más de diez veces seguidas y Claudio estaba a punto de colgar cuando lo cogieron. Era la voz de Mayka, pero débil y temblorosa.
- ¡Diga!
- Hola. Soy Claudio.
- ¡Claudio!
- ¿Estás sola?
- Sí...
- ¿Y tu familia?
- Están todos en Galicia.
- ¡Vaya... ¿que putada no...?
- Sabes... Llevo todo el día intentando contactar con ellos pero me resulta imposible...
- Sí. ya lo sé. Todo colapsado verdad.
- Qué está pasando Claudio. ¡Nada funciona! Los aeropuertos están a tope pero los aviones ya ni siquiera despegan y... y lo mismo pasa con los trenes y las carreteras... Todo igual. Y lo peor, es que de vez en cuando hay llamadas que me asustan... Es el fin del mundo ¿verdad?
- Así es... afirmó Claudio con voz cansada.
- ¿Vienes conmigo...?
- Voy.
- ¡Te necesito!
- Yo a ti también... Pero antes dame el número de tu piso. No consigo recordarlo.
- Es el 4º cuartoB.
- ¿Vendrás?
- Allí estaré. Hasta ahora.
Nada más verse Mayka y Claudio hicieron el amor. Anteriormente no lo habían hecho nunca porque nunca lo habían necesitado. Luego pasaron el resto de la tarde juntos, susurrándose al oído palabras sin sentido. Cenaron algo y cuando dieron las doce tomaron las uvas; luego brindaron con cava. Después salieron a la terraza. La noche era fresca, había despejado y las estrellas brillaban en el firmamento.